El amor en la tercera edad es un tópico que resulta muy controversial en cualquier fórum donde se invoque. ¿Quieren saber por qué?
Bueno, resulta que respecto a este tema del amor en la tercera edad existe una vasta variedad de criterios encontrados. He aquí algunos de ellos:
– El amor en la tercera edad es posible.
– El amor en la tercera edad es un hermoso milagro.
– El amor en la tercera edad es solo una utopía.
– Los matrimonios longevos ya no subsisten por amor, sino por costumbre.
– Los ancianos ya no se enamoran, en todo caso solo buscan compañía.
– Un anciano “enamorado” es una soberana ridiculez.

Mucho se ha escrito y hablado sobre el amor en la tercera edad, sí. Entonces, seguro se preguntan: ¿Otro artículo sobre lo mismo, para qué? Es que en estas líneas quiero dirigirme especialmente a ese grupo de personas que opinan que confesarse enamorado a los setenta años es una soberana ridiculez. Para esos que lo ven así, y para los que estén dispuestos a defender calurosamente la tesis de que el amor no tiene horario, ni fecha en el calendario, ahí les va este comentario.

QUÉ ES LA ANCIANIDAD

La ancianidad es la etapa del ciclo vital humano en la que la persona se aproxima al máximo de tiempo que puede vivir su especie. Se califica entonces como anciano a la persona que se encuentra transitando por las últimas décadas de su vida. Aunque el final de esta etapa es bien claro, marcado por la inevitable muerte, no lo está tanto el inicio, puesto que no todos los individuos envejecen de igual manera, ni con igual velocidad.
No obstante, de manera general se define el inicio de la tercera edad a los 65 años.
Los invito, estimados lectores, a considerar las dos cuestiones más importantes que contribuyen a la formación de tan amplia gama de opiniones respecto al amor en la tercera edad, principalmente aquellas posiciones contrarias.

LAS DOS CUESTIONES MÁS IMPORTANTES RESPECTO AL AMOR EN LA TERCERA EDAD.

1. El deterioro del cuerpo.

La ancianidad o tercera edad es una etapa que viene marcada fundamentalmente por el deterioro de la salud en general, y del cuerpo en particular. El declive en el plano físico es la más visible y notable señal de la ancianidad.
El envejecimiento es el conjunto de modificaciones desde el punto de vista morfológico y fisiológico que se producen en el organismo como consecuencia del transcurso del tiempo. Implica una disminución de la capacidad de adaptación, y de respuesta de los órganos y sistemas ante los agentes nocivos que atacan al organismo.
Son muchas y variadas las modificaciones que sufre el cuerpo humano debido al desgaste que produce la acción del tiempo. Este deterioro, es la causa de la existencia de muchas teorías o posiciones contrarias al amor en la tercera edad, partiendo de que la falta de una salud rozagante incide directamente en la imposibilidad de crecimiento y desarrollo de sentimientos amorosos en un individuo que está ya próximo a la muerte, y más preocupado por luchar con sus afecciones que por cuestiones románticas, como lo dicta indefectiblemente el instinto de supervivencia.

2. Experiencias acumuladas

La acumulación de valiosas experiencias es una consecuencia positiva de haber vivido mucho. Los ancianos son depositarios de un tesoro formidable de experiencias vitales. Tanto la edad alcanzada, como el modo y la intensidad en que se ha vivido, definen la cantidad y la calidad del conocimiento que posee una persona anciana. Pero no todas las experiencias son buenas o positivas. Quienes niegan la existencia del amor en la tercera edad basándose en las experiencias acumuladas por los ancianos, alegan que existen demasiadas decepciones, fracasos y desilusiones en su haber, como para dar cabida todavía al nacimiento de nuevos amores.

LA ANCIANIDAD DESDE EL PUNTO DE VISTA FÍSICO

Desde el punto de vista físico, la ancianidad o senectud se ve marcada por pérdidas o disminuciones significativas en todos los sistemas del organismo, que llevan al individuo a la mengua de su calidad de de vida. Veamos:
– Pérdida de la visión
– Disminución y pérdida de la audición
– Transformaciones del cabello: aparición de cabello blanco (canas) por pérdida del pigmento, o caída del mismo.
– Pérdida de la elasticidad muscular.
– Alteraciones del sueño.
– Disminución de la capacidad de reacción refleja
– Degeneraciones óseas: Aparición de osteoporosis, acromegalias, artritis reumatoideas.
– Demencias seniles
– Pérdida de la capacidad de asociación de ideas.
– Pérdida progresiva de fuerza muscular y de vitalidad
– Alteración de la próstata(hombres)
– Pérdida de capacidad inmunitaria
– Disminución del colágeno en la piel (aparición de arrugas)
– Pérdida progresiva de la libido.
Ahora, se impone una pregunta:
¿Puede decirse que el envejecimiento desde el punto de vista físico puede incidir en la capacidad de un individuo de enamorarse?
Definitivamente, SÍ.
Sobre todo si nos fijamos en aquellos signos de envejecimiento que tienen que ver con las funciones cerebrales, léase los distintos tipos de demencia, pérdida de la memoria, etc.
Pero, hagamos otra pregunta: ¿Puede el envejecimiento impedir categóricamente que un individuo se enamore?
Definitivamente NO.
Aun cuando el amor implica sensaciones que tienen un origen físico-químico, pues son producidas por la segregación de ciertas hormonas y enzimas, decididamente el estar enamorado es una condición que pertenece mucho más a la dimensión espiritual del ser humano, a esa parte no tangible o inmaterial del hombre que lo distingue del resto de los seres vivos.
Por lo tanto, se apresuran quienes solo con fijarse en el deterioro físico, se lanzan a afirmar que no existe el amor en la tercera edad.

LA ANCIANIDAD DESDE EL PUNTO DE VISTA ESPIRITUAL

La dimensión espiritual del ser humano no está sujeta al desgaste y al detrimento como el cuerpo físico. La fortaleza y la salud espiritual no dependen de manera directa de las enfermedades que azotan el organismo. Aunque indudablemente el padecer de dolencias físicas afecta la espiritualidad, puesto que el malestar y los dolores no pasan desapercibidos, es una indiscutible realidad que la decadencia del cuerpo no va acompañada necesariamente de la del alma.
Todos conocemos muchísimos casos de aguerridos viejitos a los que vemos a diario bregando con su propio ocaso, pletóricos de energías vitales, cuyas ganas de vivir se ven prisioneras de un cuerpo que ya no les resulta útil, como un lastimoso envase roto a punto de derramar su precioso contenido.
“Viejo por fuera, pero joven de alma y de espíritu”, decía jovialmente un abuelito de mi vecindario. Los muchachos del barrio, a la vista de una mujer hermosa, le decían al anciano con ánimo jaranero: “Abuelo, si usted tuviera veinte años menos…..” y el aludido respondía: “Yo no necesito veinte años menos, mijo…. ¡A mi cascarón es al que le vendría bien!”
Y es así realmente. Los ancianos no lamentan lo que han vivido, no renunciarían al caudal que han reunido en sus largos años de existencia. Echan de menos la lozanía del cuerpo, sí, pero no la ingenuidad, la inexperiencia, la falta de pericia, la torpeza, la ignorancia y la temeridad de la juventud.
Pregúntele a cualquier persona de la tercera edad si quiere rejuvenecer, y si su respuesta es sincera, le dirá que lo ideal sería rejuvenecer el cuerpo, pero mantenerse como la persona que ha llegado a ser a estas alturas de su vida.

LLEGAR ENAMORADO A LA TERCERA EDAD

Un caso de la vida real
Conocí una vez el caso de una pareja de ancianos, casados desde hacía setenta años. Habían contraído matrimonio a los veinte años, construyeron juntos una vida y una familia. A los noventa años de edad, el estado físico de ambos era verdaderamente precario, con fallas de memoria incluidas, pero conservaban el uso de sus facultades mentales, y…. continuaban amándose como el primer día. Al hijo varón de los viejitos, con quienes ellos vivían, le pareció absurdo que todavía sus padres durmieran juntos: “Si ya hace años que los viejos no hacen nada….” pensó, además, el padre sufría de incontinencia urinaria, y la mayoría de las veces mojaba la cama, lo que traía como consecuencia que cada mañana hubiese que cambiar sábanas, cobertores, etc, y bañar no a un viejito, sino a los dos, porque se mojaban ambos. Ellos dormían abrazados. Así que les prepararon camas separadas. La madre, por su parte, sufría fuertes dolores articulares, muchas noches no podía dormir casi nada, y se quejaba mucho, lo que mantenía despierto también al esposo por muchas horas. Pronto, fueron ubicados en cuartos separados también, en aras de que el padre pudiese descansar adecuadamente. Nada de esto lo hizo el hijo con mala intención. Buscaba el mayor bienestar posible para sus ancianos padres, y concluyó, sencillamente, que dada la ausencia de sexo en sus vidas, dormir en la misma cama había dejado de ser importante. Con el tiempo, el cuidado de los dos ancianos llegó a ser una carga demasiado pesada para el hijo, así que una hermana suya procedió a compartir con él la responsabilidad, y se llevó consigo a la madre, mientras el padre permaneció con el hijo varón. Pocas semanas después falleció el viejito. Partió silenciosamente durante la noche, y lo último que habló con su hijo antes de irse a dormir fue sobre su esposa, a la que extrañaba dolorosamente. Le dijo que desde que los cambiaron de cuarto él dormía mucho menos, porque el saber que ella sufría sola sus dolores en otra habitación le impedía dormir mucho más que sus quejidos. Muy poco después, falleció también la viejita. A ella no le habían dicho que su esposo había muerto, pero de alguna manera, ella lo supo. Desde que se mudó con su hija la llama de su vida se fue apagando muy rápidamente. La hija estaba alarmada ante lo desmejorada que la veía día tras día. La anciana intentó tranquilizarla, dejándole claro que la mudada de domicilio solo había acelerado un proceso que había comenzado mucho antes, desde el día en que no pudo dormir más abrazada a su esposo.

Amigos lectores, SÍ hay amores que duran toda la vida, tal y como se prometió en su momento, ante el altar. Y me parece muy afortunado que así sea, porque afirmar que en la ancianidad las parejas se mantienen juntas solo por costumbre, y porque no les queda otro remedio, resulta, cuando menos, demasiado pesimista y deprimente.

UN NUEVO AMOR EN LA TERCERA EDAD

“¡Bien!” __ podrán decirme ustedes__ “Los matrimonios viejos se siguen amando hasta la ancianidad. Se acepta. Pero…. ¡Que una persona se enamore después de viejo! Eso ya es otra historia”
Indudablemente, es una situación muy distinta la de la llegada de un nuevo amor en la tercera edad. Pero, pensemos, ¿Qué lo impide?
Sépase, que los seres humanos nos enamoramos durante todas las etapas de la vida, incluyendo la senectud. Y sépase también que no importan las arrugas, las bocas sin dientes, las cabezas blancas, ni las piernas débiles. Porque, cuando nos enamoramos, no lo hacemos de una hermosa figura hueca por dentro. Nos enamoramos de una persona, en su totalidad, en toda su inmensa y compleja humanidad. A la hora de enamorarnos, define muchísimo más el contenido que el continente. Podemos conocer a una persona que a primera vista nos parece fea, sin embargo, sus características personales nos conquistan y enamoran locamente, y olvidamos por completo que en algún momento nos pareció poco agraciada.
Con esto les quiero decir que la parte física no es la determinante en la llegada de un amor avasallador. Por lo tanto, no hay por qué concluir que los ancianos, al estar tan carentes físicamente producto del envejecimiento, estén incapacitados para enamorarse.

EL AMOR EN LA TERCERA EDAD Y EL SEXO.

Pues sí, la sexualidad humana se ve tremendamente afectada por la decrepitud. Los hombres pierden la facultad eréctil, las mujeres desde la menopausia padecen de resequedad vaginal debido a la disminución de los niveles de estrógenos. Sin embargo, hay que recordar que el principal órgano sexual es el cerebro, por lo tanto, los impedimentos físicos no siempre conllevan a que las personas destierren completamente de su vida la sexualidad. Para personas lúcidas, sanas mentalmente, sin importar el deterioro físico que presenten, y máxime si se encuentran bajo los efectos de amor, la intimidad de un abrazo o una caricia cálida puede producirles una gratificación de proporciones orgásmicas.

CONCLUSIONES

Piénselo mucho la próxima vez que vean a dos viejitos besándose o tomados de la mano y tengan el impulso de tildarlos de ridículos.
El desgaste físico no provoca que el anciano se dé por vencido, todo contrario. La postrimería del cuerpo solo hace que sean más necesarias las ganas de vivir, para tener con qué mover esa maquinaria pesada en la que se ha convertido el viejo cuerpo que antes fue ágil y productivo.
Estar enamorado para los ancianos no solo es posible, sino que es especialmente importante, maravillosamente bello, y espectacularmente milagroso.
A tus familiares ancianitos, no los prives de la cercanía de su pareja de toda la vida; y a los solteros, divorciado o viudos arcaicos, apóyalos si se asoma a su vida crepuscular la posibilidad de un nuevo amor. Porque estar enamorado reafirma que están viejos, pero no muertos, cansados más no rendidos, y porque todavía la humanidad no ha conocido nada que provea más ganas de vivir que el también viejo pero poderoso AMOR.

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